viernes 1 de octubre de 2010

Sólo si se sabe se puede divisar el bien

El conocimiento no es privativo. Todos debemos tener acceso a él, y en eso la llegada de las nuevas tecnologías, y la propia Internet, han colaborado mucho. La mayoría de las personas carecen de acceso al conocimiento por esta vía, claro. La tecnología es costosa en muchas partes del planeta y eso le confiere al conocimiento un cariz privativo que, a su vez, se convierte en una manera de discriminación. Si al lado netamente económico del problema le sumamos el de la manipulación: la discriminación se vuelve doble, triple… criminal.

Nadie, creo yo, está libre de la manipulación: desde los grandes monopolios de la información , los más reaccionarios, hasta la más humilde emisora o semanario de prensa tienden a la maniobra en sus contenidos. En principio, y esto es para los pequeños medios de prensa, aquellos que luchan contra la hegemonía mediática, porque muchas veces el término se asocia con el derecho legítimo a la defensa. En la lucha a manos limpias entre pequeños y grandes es valido a veces hasta el uso de una piedra. Pero, en materia de comunicación no hay buenas intenciones ni defensa propia que valga la salvación: la manipulación siempre será manipulación.

Ya mucho se ha hablado en nuestros predios del asunto. No es posible que los medios de prensa internacionales se adelanten con duras campañas mediáticas a la realidad cubana. Nadie entiende por qué los medios de prensa nacionales se queden esperando una orden capaz de bloquear su propia intuición. El otro día un texto de Silvio Rodríguez publicado por Granma hablaba del asunto. Y la semana anterior, Alfredo Guevara, en el programa de entrevistas Con Dos que se quieran, conducido por Amaury Pérez, volvía a insinuar el asunto con una afirmación: “Los periodistas deben serlo”.

Más o menos creo entender la idea de Guevara, que no ataca al periodista valiente, sino a aquel que se deja llevar por la corriente del río y es incapaz de dar una brazada aunque el agua lo conduzca directamente a una laguna con cocodrilos. Creo que en ello recae la intención de la crítica de la otra noche; aunque vale subrayar, y esto lo sabe el presidente del Festival del Nuevo Cine Latinoamericano, porque me lo confesó durante una entrevista, que a veces la circunstancia del periodista lo lleva a esa actitud de inercia tan peligrosa para un país. El periodista muchas veces quisiera hacer más por su sociedad, pero no puede porque lo atan muchas razones, subjetivas y objetivas, tan peligrosas como la pasividad de su conducta.

Como un elemento de control necesario en la sociedad, la prensa, en este caso mediante la figura del periodista, ha pasado a ser, con mucha razón, centro de críticas que emergen desde el choteo y se pueden escuchar durante una simple conversación en la parada de la guagua. Lo critican en una canción, en una obra de teatro, en la literatura...  La opinión individual se ensaña en la opinión pública, que sigue, pensando que hace bien, una práctica iniciada no sé cuándo ni cómo: la práctica de acercar la opinión a su costado favorable, por si acaso.

No hay frase que nos ayude a pensar mejor en esta idea que una sábado por sábado rescatada gracias a una excelente periodista cubana. Se llama Magda Resik. Con sus expresivos ojos y su agradable voz aliña la sentencia socrática. Así, ella, diabólicamente enlazada con el filósofo, se empeña en hacernos entender lo inevitable: “Sólo si se sabe se puede divisar el bien”. Lo ha dicho como trescientas veces, noche por noche, llueva, truene o relampaguee. Y todavía hay gente que no lo acaba de comprender.