jueves 4 de junio de 2009

Luis Yuseff en busca de la Rosa

Luis Yuseff Reyes (Holguín, 1975) lanzó el anzuelo y pescó doble. En realidad, era un mismo anzuelo (la poesía) y dos eran las carnadas (el cuaderno Dolor de la resurrección y el libro La rosa en su jaula). Los lanzó y picaron los jurados (Raúl Luis, Guillermo Rodríguez Rivera y Teresa Fornaris, en La Gaceta; Virgilio López Lemus, Alfredo Zaldívar y Geovanys Manso, en el “Oriente”) de dos premios de importancia: la XIII edición del Premio de Poesía La Gaceta de Cuba y el Oriente. Buena pesca.
Alguna vez escribí que Yuseff parecía un pescado. Cuando se queda quieto, lo veo como uno de esos peces de pecera que parecen observarnos detrás del cristal, mientras abren y cierran la boca como si nos dijesen algo. Pensándolo mejor, se me parece al inglés Oscar Wilde. No lleva la rosa en el bolsillo, ni se exhibe vestido de manera escandalosa como el inglés, pero la guarda en su interior. Es su leitmotiv, su sueño recurrente, su símbolo persecutor.
Le ha cantado a “la rosa de las ruinas, la rosa de arena, la rosa de Beirut, la rosa imperial austriaca, la rosa suicida, la rosa de nadie…”. Ah, la rosa de nadie. La rosa es un símbolo permanente en su obra, compuesta por libros de poesía y prosa, ganadores del Premio de la Ciudad (2003), los lauros Calendario (2005) y Adelaida de Mármol (2008) y algunos otros. La rosa y la libertad (¡esa dama perseguida por las artes!), lo que se tiene y lo que no se tiene, la nostalgia, algunos amores como la poeta Dulce María Loynaz... Son sus visiones y motivos.
Ahora, en los textos acabados de premiar, vuelve con alguno de estos símbolos. La rosa en su jaula, el Premio Oriente entregado por la Editorial de igual nombre en Santiago de Cuba, es un libro divido en tres partes. En ellas, trata de homenajear a escritores cubanos, entre los que se encuentra un ser descomunal como lo fue José Martí. También, se fija en rusos que vivieron el conflicto de la Revolución como Serguei Esenin y Vladimir Maiakovski. Claro, un aparte especial lo tiene Dulce María.
Dolor de la resurrección, por su parte, es un cuaderno integrado por poemas que parten de un libro inédito. Fueron escritos recientemente y su concepción es totalmente distinta al cuaderno antes mencionado.
De sus autores de cabecera, ha heredado Yuseff algunos presupuestos para la escritura y algunos símbolos que, si la Premio Cervantes 1992, Dulce María, cultivaba en su Jardín, habrá recogido él en su Salón de última espera o en el río que atraviesa su patio cuando llueve. Es un privilegio de poetas: casa donde llueve dentro y fuera y la poesía se trasforma en barquitos de papel que terminan desvaneciéndose con la creciente, cuando la humedad es excesiva.
A Yuseff lo he visto en las distintas peñas literarias que vive la ciudad: en el Café de la UNEAC, preparado por Manuel García Verdecia (ganador hace un año del mismo premio en La Gaceta…), en los espacio de Joaquín Osorio, en aquellos que organizaba cuando era vicepresidente de la AHS y compartía con coetáneos como Kenia Leyva. De todos los recuerdos, guardo con agradable entusiasmo aquel que me llevó a conocerle en la Feria del Libro del 2005.
Fue en Las Tres Lucías y Luis Yuseff presentaba el libro de sonetos de Joaquín Sabina que José Luis Serrano había presentado días atrás en La Cabaña en presencia del español. El Café estaba repleto y era tanto el alboroto y la confusión que por algunos meses pensé que Yuseff usaba bombín, hablaba ronco y le cantaba a la rosa de lima, prima lejana, lengua de gato, bicarbonato, de porcelana. Mas, pronto hube de volver a la realidad y el holguinero tuvo en mi mente el lugar que ocupa en la actualidad.
Su rosa es otra, más triste, pero le entretiene. Durante sus tardes en el Café, mientras se dirige al barrio donde vive o al hospital donde trabaja, la rosa le acompaña, tan enigmática como la de Gertrude Stein, aquella poeta que un día, hace mucho tiempo, escribió: “Una Rosa es una rosa es una rosa es una rosa…”